Mecido en su pequeña barca por un oleaje ligero, el pescador esperaba con paciencia infinita a que alguna buena pieza se dignara a probar su anzuelo.
Tenía ganas de volver a casa; su amada lo esperaba, pero no podía volver de vacío.
Recordó su noche de bodas y sonrió. Se sintió bendecido y afortunado. Aún no podía creer que una mujer como la suya le hubiera elegido a él.
—¡A mí! Juana me ha elegido a mí, ¡a Pedro el pescador! —gritó a pleno pulmón dándose un golpe en el pecho con el puño, orgulloso, feliz.
Nadie lo podía escuchar; esta vez se había alejado más de lo normal de la costa para poder capturar un pez digno de presentar ante Juana. Solo esperaba estar a la altura. Cómo la quería…
Andaba Pedro en estos pensamientos de amor y sábanas revueltas cuando una música captó su atención. Aún sin dejar de sonreír, Pedro ladeó la cabeza como buscando el origen de esa extraña y preciosa tonada que parecía surgir de entre la inmensidad de la nada azul del mar.
Una cabellera dorada resplandeciente emergió de entre las aguas oscuras muy cerca de su barca. Poco a poco asomaron también unos ojos ribeteados de espesas pestañas negras que lo observaban a ras de la superficie.
—¿Quién eres? —preguntó Pedro, más sorprendido que asustado.
La mujer continuó saliendo del agua hasta revelar sus hombros, luego sus pechos desnudos. Bajo el agua se adivinaba la sombra de lo que parecía una cola de pez. «Eso es imposible, ¿verdad?», pensó Pedro aturdido.
El volumen del canto se elevó hasta el cielo infinito desde las profundidades de la garganta de aquella mujer-pez. Esos sonidos componían una canción extraña y antigua que, sin palabras, lo decía todo; sin ritmo ni melodía, tenía el poder de introducirse en su cabeza y hacerle desear ser alguien que no era… hacía desearla a ella.
La necesidad de tenerla entre sus brazos era tan fuerte que no supo, no pudo y no quiso luchar contra ella. Se levantó, olvidados sus aparejos de pescar, su barca e incluso Juana, y se arrojó al mar.
Nadó los pocos metros que los separaban. Estiró la mano para tocar el rostro angelical que le sonreía sin parar de cantar cuando algo llamó su atención.
El humilde anillo de boda, que brillaba por nuevo en su dedo anular, le hizo desviar la mirada. Juana vino a su mente y, antes de llegar a tocar a la mujer del agua, Pedro se detuvo.
—¡Juana! —gritó.
El canto cesó de repente y la cabellera rubia desapareció bajo el agua en una fugaz sacudida.
Pedro se quedó flotando solo en medio de la inmensidad con un gran pesar en el pecho, pero vivo.
Ese día el pescador volvió a casa con una imperecedera historia que demostraba que el amor es la única defensa ante la pérdida de la razón y la cordura.
Juana aplaudió el relato, le abrazó y decidió olvidar que había vuelto sin nada para la cena, otra vez.

Y colorín colorado… ¡gracias por haberlo acabado!
Comentarios