Solo quería que dejara de golpearme por un minuto. Había tanta furia en sus gestos y en su mirada que me recordaba más a un animal salvaje, enloquecido por la rabia, que a un ser humano.
Me dolían las costillas, probablemente me había roto más de una, y apenas veía por el ojo derecho. El abuso físico duraba ya horas. Entre cada golpe de palo y cada patada, entre cada puñetazo y cada corte en mi piel, sus insultos e intentos de hacerme entender que me merecía todo aquello eran otra forma de tortura, casi tan dura como la que estaba sufriendo mi cuerpo.
¿Cómo había llegado a encontrarme en esta situación? Jamás lo entenderé. Es posible que la falsa sensación de seguridad, con la que me había despertado esa mañana, hubiera producido en mí un exceso de confianza; error que estaba pagando muy caro. Me había conseguido reducir en un despiste y atar a una tubería de la pared.
Ahora solo me quedaba resistir ¿Para qué? No lo sé. Tanto si salía de esta con vida como si no, yo perdía.
Cuando la secuestré ayer mis intenciones no habían sido nobles en absoluto, pero tampoco creo que me merezca tanto desquite. Al fin y al cabo, el enfermo soy yo.

Y colorín colorado… ¡gracias por haberlo acabado!
Comentarios